By this art you may contemplate
the variation of the 23 letters...
The Anatomy of Melancholy, part. 2, sect. II, mem. IV.
El universo (que otros llaman la Biblioteca) se compone
de un número indefinido, y tal vez infinito, de galerías
hexagonales, con vastos pozos de ventilación en el
medio, cercados por barandas bajísimas. Desde cualquier
hexágono se ven los pisos inferiores y superiores:
interminablemente. La distribución de las galerías
es invariable. Veinte anaqueles, a cinco largos anaqueles
por lado, cubren todos los lados menos dos; su altura, que
es la de los pisos, excede apenas la de un bibliotecario
normal. Una de las caras libres da a un angosto zaguán,
que desemboca en otra galería, idéntica a
la primera y a todas. A izquierda y a derecha del zaguán
hay dos gabinetes minúsculos. Uno permite dormir
de pie; otro, satisfacer las necesidades finales. Por ahí
pasa la escalera espiral, que se abisma y se eleva hacia
lo remoto. En el zaguán hay un espejo, que fielmente
duplica las apariencias. Los hombres suelen inferir de ese
espejo que la Biblioteca no es infinita (si lo fuera realmente
¿a qué esa duplicación ilusoria?);
yo prefiero soñar que las superficies bruñidas
figuran y prometen el infinito... La luz procede de unas
frutas esféricas que llevan el nombre de lámparas.
Hay dos en cada hexágono: transversales. La luz que
emiten es insuficiente, incesante.
Como todos los hombres de la Biblioteca, he viajado en mi
juventud; he peregrinado en busca de un libro, acaso del
catálogo de catálogos; ahora que mis ojos
casi no pueden descifrar lo que escribo, me preparo a morir
a unas pocas leguas del hexágono en que nací.
Muerto, no faltarán manos piadosas que me tiren por
la baranda; mi sepultura será el aire insondable;
mi cuerpo se hundirá largamente y se corromperá
y disolverá en el viento engendrado por la caída,
que es infinita. Yo afirmo que la Biblioteca es interminable.
Los idealistas arguyen que las salas hexagonales son una
forma necesaria del espacio absoluto o, por lo menos, de
nuestra intuición del espacio. Razonan que es inconcebible
una sala triangular o pentagonal. (Los místicos pretenden
que el éxtasis les revela una cámara circular
con un gran libro circular de lomo continuo, que da toda
la vuelta de las paredes; pero su testimonio es sospechoso;
sus palabras, oscuras. Ese libro cíclico es Dios.)
Básteme, por ahora, repetir el dictamen clásico:
La Biblioteca es una esfera cuyo centro cabal es cualquier
hexágono, cuya circunferencia es inaccesible.
A cada uno de los muros de cada hexágono corresponden
cinco anaqueles; cada anaquel encierra treinta y dos libros
de formato uniforme; cada libro es de cuatrocientas diez
páginas; cada página, de cuarenta renglones;
cada renglón, de unas ochenta letras de color negro.
También hay letras en el dorso de cada libro; esas
letras no indican o prefiguran lo que dirán las páginas.
Sé que esa inconexión, alguna vez, pareció
misteriosa. Antes de resumir la solución (cuyo descubrimiento,
a pesar de sus trágicas proyecciones, es quizá
el hecho capital de la historia) quiero rememorar algunos
axiomas.
El primero: La Biblioteca existe ab aeterno. De esa verdad
cuyo colorario inmediato es la eternidad futura del mundo,
ninguna mente razonable puede dudar. El hombre, el imperfecto
bibliotecario, puede ser obra del azar o de los demiurgos
malévolos; el universo, con su elegante dotación
de anaqueles, de tomos enigmáticos, de infatigables
escaleras para el viajero y de letrinas para el bibliotecario
sentado, sólo puede ser obra de un dios. Para percibir
la distancia que hay entre lo divino y lo humano, basta
comparar estos rudos símbolos trémulos que
mi falible mano garabatea en la tapa de un libro, con las
letras orgánicas del interior: puntuales, delicadas,
negrísimas, inimitablemente simétricas.
El segundo: El número de símbolos ortográficos
es veinticinco.[1] Esa comprobación
permitió, hace trescientos años, formular
una teoría general de la Biblioteca y resolver satisfactoriamente
el problema que ninguna conjetura había descifrado:
la naturaleza informe y caótica de casi todos los
libros. Uno, que mi padre vio en un hexágono del
circuito quince noventa y cuatro, constaba de las letras
MCV perversamente repetidas desde el renglón primero
hasta el último. Otro (muy consultado en esta zona)
es un mero laberinto de letras, pero la página penúltima
dice Oh tiempo tus pirámides. Ya se sabe: por una
línea razonable o una recta noticia hay leguas de
insensatas cacofonías, de fárragos verbales
y de incoherencias. (Yo sé de una región cerril
cuyos bibliotecarios repudian la supersticiosa y vana costumbre
de buscar sentido en los libros y la equiparan a la de buscarlo
en los sueños o en las líneas caóticas
de la mano... Admiten que los inventores de la escritura
imitaron los veinticinco símbolos naturales, pero
sostienen que esa aplicación es casual y que los
libros nada significan en sí. Ese dictamen, ya veremos
no es del todo falaz.)
Durante mucho tiempo se creyó que esos libros impenetrables
correspondían a lenguas pretéritas o remotas.
Es verdad que los hombres más antiguos, los primeros
bibliotecarios, usaban un lenguaje asaz diferente del que
hablamos ahora; es verdad que unas millas a la derecha la
lengua es dialectal y que noventa pisos más arriba,
es incomprensible. Todo eso, lo repito, es verdad, pero
cuatrocientas diez páginas de inalterables M C V
no pueden corresponder a ningún idioma, por dialectal
o rudimentario que sea. Algunos insinuaron que cada letra
podía influir en la subsiguiente y que el valor de
MCV en la tercera línea de la página 71 no
era el que puede tener la misma serie en otra posición
de otra página, pero esa vaga tesis no prosperó.
Otros pensaron en criptografías; universalmente esa
conjetura ha sido aceptada, aunque no en el sentido en que
la formularon sus inventores.
Hace quinientos años, el jefe de un hexágono
superior[2] dio con un libro
tan confuso como los otros, pero que tenía casi dos
hojas de líneas homogéneas. Mostró
su hallazgo a un descifrador ambulante, que le dijo que
estaban redactadas en portugués; otros le dijeron
que en yiddish. Antes de un siglo pudo establecerse el idioma:
un dialecto samoyedo-lituano del guaraní, con inflexiones
de árabe clásico. También se descifró
el contenido: nociones de análisis combinatorio,
ilustradas por ejemplos de variaciones con repetición
ilimitada. Esos ejemplos permitieron que un bibliotecario
de genio descubriera la ley fundamental de la Biblioteca.
Este pensador observó que todos los libros, por diversos
que sean, constan de elementos iguales: el espacio, el punto,
la coma, las veintidós letras del alfabeto. También
alegó un hecho que todos los viajeros han confirmado:
No hay en la vasta Biblioteca, dos libros idénticos.
De esas premisas incontrovertibles dedujo que la Biblioteca
es total y que sus anaqueles registran todas las posibles
combinaciones de los veintitantos símbolos ortográficos
(número, aunque vastísimo, no infinito) o
sea todo lo que es dable expresar: en todos los idiomas.
Todo: la historia minuciosa del porvenir, las autobiografías
de los arcángeles, el catálogo fiel de la
Biblioteca, miles y miles de catálogos falsos, la
demostración de la falacia de esos catálogos,
la demostración de la falacia del catálogo
verdadero, el evangelio gnóstico de Basilides, el
comentario de ese evangelio, el comentario del comentario
de ese evangelio, la relación verídica de
tu muerte, la versión de cada libro a todas las lenguas,
las interpolaciones de cada libro en todos los libros, el
tratado que Beda pudo escribir (y no escribió) sobre
la mitología de los sajones, los libros perdidos
de Tácito.
Cuando se proclamó que la Biblioteca abarcaba todos
los libros, la primera impresión fue de extravagante
felicidad. Todos los hombres se sintieron señores
de un tesoro intacto y secreto. No había problema
personal o mundial cuya elocuente solución no existiera:
en algún hexágono. El universo estaba justificado,
el universo bruscamente usurpó las dimensiones ilimitadas
de la esperanza. En aquel tiempo se habló mucho de
las Vindicaciones: libros de apología y de profecía,
que para siempre vindicaban los actos de cada hombre del
universo y guardaban arcanos prodigiosos para su porvenir.
Miles de codiciosos abandonaron el dulce hexágono
natal y se lanzaron escaleras arriba, urgidos por el vano
propósito de encontrar su Vindicación. Esos
peregrinos disputaban en los corredores estrechos, proferían
oscuras maldiciones, se estrangulaban en las escaleras divinas,
arrojaban los libros engañosos al fondo de los túneles,
morían despeñados por los hombres de regiones
remotas. Otros se enloquecieron... Las Vindicaciones existen
(yo he visto dos que se refieren a personas del porvenir,
a personas acaso no imaginarias) pero los buscadores no
recordaban que la posibilidad de que un hombre encuentre
la suya, o alguna pérfida variación de la
suya, es computable en cero.
También se esperó entonces la aclaración
de los misterios básicos de la humanidad: el origen
de la Biblioteca y del tiempo. Es verosímil que esos
graves misterios puedan explicarse en palabras: si no basta
el lenguaje de los filósofos, la multiforme Biblioteca
habrá producido el idioma inaudito que se requiere
y los vocabularios y gramáticas de ese idioma. Hace
ya cuatro siglos que los hombres fatigan los hexágonos...
Hay buscadores oficiales, inquisidores. Yo los he visto
en el desempeño de su función: llegan siempre
rendidos; hablan de una escalera sin peldaños que
casi los mató; hablan de galerías y de escaleras
con el bibliotecario; alguna vez, toman el libro más
cercano y lo hojean, en busca de palabras infames. Visiblemente,
nadie espera descubrir nada.
A la desaforada esperanza, sucedió, como es natural,
una depresión excesiva. La certidumbre de que algún
anaquel en algún hexágono encerraba libros
preciosos y de que esos libros preciosos eran inaccesibles,
pareció casi intolerable. Una secta blasfema sugirió
que cesaran las buscas y que todos los hombres barajaran
letras y símbolos, hasta construir, mediante un improbable
don del azar, esos libros canónicos. Las autoridades
se vieron obligadas a promulgar órdenes severas.
La secta desapareció, pero en mi niñez he
visto hombres viejos que largamente se ocultaban en las
letrinas, con unos discos de metal en un cubilete prohibido,
y débilmente remedaban el divino desorden.
Otros, inversamente, creyeron que lo primordial era eliminar
las obras inútiles. Invadían los hexágonos,
exhibían credenciales no siempre falsas, hojeaban
con fastidio un volumen y condenaban anaqueles enteros:
a su furor higiénico, ascético, se debe la
insensata perdición de millones de libros. Su nombre
es execrado, pero quienes deploran los "tesoros"
que su frenesí destruyó, negligen dos hechos
notorios. Uno: la Biblioteca es tan enorme que toda reducción
de origen humano resulta infinitesimal. Otro: cada ejemplar
es único, irreemplazable, pero (como la Biblioteca
es total) hay siempre varios centenares de miles de facsímiles
imperfectos: de obras que no difieren sino por una letra
o por una coma. Contra la opinión general, me atrevo
a suponer que las consecuencias de las depredaciones cometidas
por los Purificadores, han sido exageradas por el horror
que esos fanáticos provocaron. Los urgía el
delirio de conquistar los libros del Hexágono Carmesí:
libros de formato menor que los naturales; omnipotentes,
ilustrados y mágicos.
También sabemos de otra superstición de aquel
tiempo: la del Hombre del Libro. En algún anaquel
de algún hexágono (razonaron los hombres)
debe existir un libro que sea la cifra y el compendio perfecto
de todos los demás: algún bibliotecario lo
ha recorrido y es análogo a un dios. En el lenguaje
de esta zona persisten aún vestigios del culto de
ese funcionario remoto. Muchos peregrinaron en busca de
Él. Durante un siglo fatigaron en vano los más
diversos rumbos. ¿Cómo localizar el venerado
hexágono secreto que lo hospedaba? Alguien propuso
un método regresivo: Para localizar el libro A, consultar
previamente un libro B que indique el sitio de A; para localizar
el libro B, consultar previamente un libro C, y así
hasta lo infinito... En aventuras de ésas, he prodigado
y consumido mis años. No me parece inverosímil
que en algún anaquel del universo haya un libro total
[3]; ruego a los dioses
ignorados que un hombre¡uno solo, aunque sea,
hace miles de años!lo haya examinado y leído.
Si el honor y la sabiduría y la felicidad no son
para mí, que sean para otros. Que el cielo exista,
aunque mi lugar sea el infierno. Que yo sea ultrajado y
aniquilado, pero que en un instante, en un ser, Tu enorme
Biblioteca se justifique.
Afirman los impíos que el disparate es normal en
la Biblioteca y que lo razonable (y aun la humilde y pura
coherencia) es una casi milagrosa excepción. Hablan
(lo sé) de la Biblioteca febril, cuyos azarosos
volúmenes corren el incesante albur de cambiarse
en otros y que todo lo afirman, lo niegan y lo confunden
como una divinidad que delira. Esas palabras que no
sólo denuncian el desorden sino que lo ejemplifican
también, notoriamente prueban su gusto pésimo
y su desesperada ignorancia. En efecto, la Biblioteca incluye
todas las estructuras verbales, todas las variaciones que
permiten los veinticinco símbolos ortográficos,
pero no un solo disparate absoluto. Inútil observar
que el mejor volumen de los muchos hexágonos que
administro se titula Trueno peinado, y otro El calambre
de yeso y otro Axaxaxas mlö. Esas proposiciones, a
primera vista incoherentes, sin duda son capaces de una
justificación criptográfica o alegórica;
esa justificación es verbal y, ex hypothesi, ya figura
en la Biblioteca. No puedo combinar unos caracteres
dhcmrlchtdj
que la divina Biblioteca no haya previsto y que en alguna
de sus lenguas secretas no encierren un terrible sentido.
Nadie puede articular una sílaba que no esté
llena de ternuras y de temores; que no sea en alguno de
esos lenguajes el nombre poderoso de un dios. Hablar es
incurrir en tautologías. Esta epístola inútil
y palabrera ya existe en uno de los treinta volúmenes
de los cinco anaqueles de uno de los incontables hexágonosy
también su refutación. (Un número n
de lenguajes posibles usa el mismo vocabulario; en algunos,
el símbolo biblioteca admite la correcta definición
ubicuo y perdurable sistema de galerías hexagonales,
pero biblioteca es pan o pirámide o cualquier otra
cosa, y las siete palabras que la definen tienen otro valor.
Tú, que me lees, ¿estás seguro de entender
mi lenguaje?).
La escritura metódica me distrae de la presente condición
de los hombres. La certidumbre de que todo está escrito
nos anula o nos afantasma. Yo conozco distritos en que los
jóvenes se prosternan ante los libros y besan con
barbarie las páginas, pero no saben descifrar una
sola letra. Las epidemias, las discordias heréticas,
las peregrinaciones que inevitablemente degeneran en bandolerismo,
han diezmado la población. Creo haber mencionado
los suicidios, cada año más frecuentes. Quizá
me engañen la vejez y el temor, pero sospecho que
la especie humanala única está
por extinguirse y que la Biblioteca perdurará: iluminada,
solitaria, infinita, perfectamente inmóvil, armada
de volúmenes preciosos, inútil, incorruptible,
secreta.
Acabo de escribir infinita. No he interpolado ese adjetivo
por una costumbre retórica; digo que no es ilógico
pensar que el mundo es infinito. Quienes lo juzgan limitado,
postulan que en lugares remotos los corredores y escaleras
y hexágonos pueden inconcebiblemente cesarlo
cual es absurdo. Quienes lo imaginan sin límites,
olvidan que los tiene el número posible de libros.
Yo me atrevo a insinuar esta solución del antiguo
problema: La biblioteca es ilimitada y periódica.
Si un eterno viajero la atravesara en cualquier dirección,
comprobaría al cabo de los siglos que los mismos
volúmenes se repiten en el mismo desorden (que, repetido,
sería un orden: el Orden). Mi soledad se alegra con
esa elegante esperanza.[4]
de El jardín de senderos
que se bifurcan, 1941 |