En
el monte, la siesta densa, humeda, tremante, se achampaba.
En El Aguila Muerta, por la quebrada de Astica,
Nuñez señaló el rastro del Baudilio.
-¡Por aquí pasó: Aquí va el rastro!
Baudilio había sido un peoncito, que se crió
en Las Tumanas. Trabajador como ninguno, un día se
perdió sin que nadie supiera cómo. Según
Nuñez el muchacho había muerto. El había
tenido una aparición llegando a las sierras de Elizondo,
en la cual Baudilio le había contado su aventura,
y cómo se había acordado de Nuñez al
momento de morir.
Una mirada excéptica soltó la lengua de éste.
Había sido maestro de Baudilio y lo conocía
bien. No era un crédulo aunque en el monte hay muchas
cosas inexplicables.
-Buscaba un patrón justo empezó diciendo-
que no mintiera ni robara el trabajo de los demás.
Era tan pobre que ni un burro tenía, por eso le puso
al talón por esa quebrada. Los Bumbunes
roncaban entre los molles, igual que ésos, y un lagarto
panzón hacía acrobacias entre las piedras.
De repente sintió que andaba cerca. Desconfiado se
paró. Ahí nomás, cerquita, había
un viejo descansando. Agúaitó. La ropa no
decía mucho pero el hombre tenía cara de bueno.
La barba, larga y blanca, ayudaba a parecerlo. Los ojos
aseguraban que sí.
- Si será justo?
Se acercó.
- Cómo le va, don?
- ¡Bien, hijo descansó- Hace tanto calor!
Le gustó más. La voz era más buena
todavía.
- ¡Así es, hace calor!
-¿Y tú? ¿Qué haces, hijo, a
esta hora y en este lugar?
-¡Busco conchabo!
-Pues si lo necesitas, conmigo lo tienes!
- ¡Es que yo busco un patrón justo. Sino, no
hay tu tía!
-¡Espero serlo! ¡Tu verás!
Le pareció bien y decidió aceptar, pero quizo
asegurarse.
- Pero no me ha dicho ¿quién es Ud.?
- ¡Soy Dios, hijo!
..
Baudilio no lo dejó terminar.
- ¡Párese en ese altito, señor Dios:
¡Con Ud. No me conchabo!
- Por qué, hijo? Qué te he hecho? ¡Creí
que buscabas un patrón justo!
- ¡Por eso! ¡Ud. No es justo!
-¿Estás seguro de que así lo crees?
- ¡Seguro! A la prueba me remito. Ud. le da muchos
hijos a los pobres y a los ricos uno o dos. ¡No hay
más que hablar!
Y dejando a Dios con la boca abierta se largó por
el mismo camino que traía al anciano.
Pasaron algunos años y Baudilio no encontraba a nadie.
Tenía la sensación de que caminaba en redondo,
pero estaba seguro de queno. Empezaba a cansarse y le entraron
ganas de volver.
-Mañana será otro día pensó,
y se hechó a dormir.
La algazara del amanecer lo despertó. El sol pintaba
el monte. Desde una loma, entre unas truscas, un puma lo
miraba. Lo corrió a pedradas. Las catas y los loros
se farseaban escandalosamente. Dos perdicitas pasaron corriendo
como el agua de una acequia. En un árbol medio seco
se arrugaba un jote. Sintió sed. Se echó al
hombro las alforjas y buscó un arrollo. Un ruido
raro lo paró en seco. Junto al arroyo bebía
un caballo ensillado, negro, menos el chapeado de plata,
que cubría la montura.
-¡Diántre! ¿Cómo hará
para cargar tanta plata?
En eso vio el dueño.
-¿Qué anda haciendo amigo?
Baudilio lo observó. Alto, elegante, vistoso, todo
de negro, botas nuevas, sonriente y de aspecto atrevido.
Pero no parecía malo, más bien tunante.
-¡Vengo al agua! ¿Y Ud.?
- Ydiai! Descanso.
-Ya veo
Bebió, se limpió la boca con la manga y se
volvió al hombre que lo miraba curioso.
-¿Viajando o cuidando?
- ¡Viajando! Busco conchabo
- Yo preciso un peón: ¿trato hecho?
-Puede ser. Pero antes quisiera saber con quien trato.
- Soy el Diablo
- ¿Ud.? ¡Qué esperanza: con Ud. no me
conchabo. Yo busco un patrón justo.
- ¿Y quien te ha dicho que no lo soy?
- Ni soñarlo. Ud es un mentiroso! y antes
de que el Diablo alcanzara a decir esta boca es mía
ya Baudilio caminaba con las alforjas al hombro.
-Por aquí pasó. El me lo dijo explicó
Nuñez - ¡Vea! Aquí está el rastro
de las ushutas
¿Ve? Y aquí
los cascos del caballo.
Era cierto. En la greda se marcaba perfectamente un pie
calzado con ojotas, y más allá, la huella
de un caballo herrado y unas botas nuevas.
- ¿Si estará en sus cabales Nuñez?
Esas pueden ser huellas de cualquiera.
- Si quiere, crea advirtió Nuñez, adivinandome
el pensamiento. Hace muchos años que paso por aquí
y el rastro siempre está igual. Puede preguntar.
Parecía cierto. Además yo ya empezaba a estar
preso de esa alucinación del monte que predispone
a creer en todo lo que se afirma. La siesta, el sopor de
la hora, la magia de la selva. El rastro parecía
viejo y estaba bien marcado.
Nuñez se mojó las manos en el arroyo. Estaba
en cuclillas. Detrás de él, en la roca, se
prendían cientos de flores del aire sobre las grietas.
El perfume de la quebrada era espeso, mareaba. Nuñez
se quedó mirando el agua. Esperé.
- Baudilio anduvo muchos años. Ya había resuelto
volver, convencido de que nunca encontraría un patrón
justo. Tomó la primera senda para regresar.
- Si encuentro a Dios, me conchabo!
Precisamente en ese momento advirtió a una mujer
muy delgada, pálida, no mal parecida pero triste.
Descansaba sentada en una piedra en la que había
apoyado un bastón o cosa parecida. Baudilio se le
arrimó , por si la mujer estuviese enferma.
- ¿Qué le pasa doña? ¿Está
enferma?
- ¡Cansada nomás, mozo! ¿Y a Ud.? ¿Qué
le trae?
- Buscando conchabo.
- Vaya. ¿Y tan lejos? Por aquí no creo que
halle. Pero si no es más que eso, yo necesito quien
me acompañe, tengo mucho trabajo y viajo bastante.
- Me gustaría pero antes quisiera saber quién
es mi patrona.
- Soy la muerte. Recojo a los que finan en este mundo.
- ¡Con Ud. sí me conchabo! ¡Lo que busco
es un patrón justo y Ud. es muy justa!
- ¿Cómo es eso?
- Clarito, pues: Usté se lleva lo mismo al pobre
que al rico; al grande que al chico; al joven y al viejo.
¡Es justa! Trato hecho. Si no se ofrece otra cosa.
- No. Sólo acompañarme.
Y Baudilio se quedó con la Muerte. La acompañaba
a todas partes. A veces se sentía cansado, pero le
hacía el empeño. En ocasiones se lo pasaba
sin hacer nada en la estancia de su patrona. Una casa enorme
en medio de las sierras. Nadie iba por allá, así
que él dormía tranquilo o araganeaba de lo
lindo mirando dar vueltas al sol. Aunque nada tenía
que gastar, su patrona le pagaba puntualmente. Ya había
hecho una buena carga. Jamás lo regañaba.
Bueno, tampoco hablaba con él como no fuese para
avisarle que debían viajar. Así, Baudilio
conoció muchos lugares que ni había soñado
que existieran.
En cierta ocasión que estaba en la estancia, el muchuacho
notó que bajo unos cañares se veían
luces. No hizo caso, pero las luces lo llamaban. Las siguió,
pero aquellas se alejaban, hasta que al fin llegó
a una pieza enorme, sombreada por los quebrachos viejos,
a la que nunca había entrado; ni noticia tenía
de ella. Como la patrona lo le había prohibido nada
se acercó y miró dentro. Estaba llena de velas
encendidas. Esas eran las luces que lo llamaban. Algunas
muy grandes, otras regulares; las había en
gran cantidad- chiquitas, por apagarse. Pero las más
estaban apagadas.
- Parece un cementerio pal día e
las ánimas!
En eso le tocaron el hombro. Pegó un salto. Era su
patrona.
- ¿Qué está agüaitando?
- Eso! ¿Por qué tantas velas?
- Son las almas: esas apagadas son los muertos; las grandes
los que tienen todavía mucha vida; las chicas los
enfermos; las que pestañean los moribundos. Por eso
sé donde tengo que ir.
Baudilio se quedó pensando. Le picó la curiosidad
y se acercó a su patrona que estaba anotando en un
papel las velas que pestañeaban.
- Digame patrona. Yo tambien quisiera saber ¿Cuál
es la vela mía?
- Esa y le indicó una velita que pestañeaba,
se apagaba, se encendía y empezaba a hechar humo.
Baudilio se sobresaltó.
- Pero Ud. no se irá a llevar a su peoncito ¿Verdad?
- ¿Y por qué no? ¿No dijiste que era
justa?
Y la vela se apagó.
Baudilio se acordó, justo en ese momento de mí.
Fue el momento en que yo lo vi, llegando a la sierra. Por
eso conozco la historia. El me la contó entonces.
Sentí un escalofrío, monté y regresamos.
- Amargo ¿no? me dijo Nuñez
No se si contesté. No he vuelo al Aguila Muerta,
a ver el rastro de Baudilio.
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