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que nadie se explicaba en la familia y en el barrio, era
por qué la tía Sabina no se decidía
a dar el sí a uno de los dos pretendientes que le
enviaban todas las semanas, los martes y los viernes respectivamente,
un ramo de crisantemos rojos y un manojo de pompones amarillos.
Se trataba de un ritual al que nos habíamos acostumbrado
aunque nos disgustara la demente terquedad de la tía
en mantener aquella soledad inoficiosa. El tío Licinio,
con su habitual franqueza, decía que ya ella no podía
darse el lujo de aspirar a un príncipe porque estaba
quemando sus últimos cartuchos, y agregaba enfatizando
la grosera rima: “Es mejor que se la coman los humanos
en lugar de los gusanos”. Dos años más
y se hundiría para siempre en lo que había
estado haciendo toda la vida, en medio de imágenes
votivas, misas cantadas en coro y rosarios sin fin, porque
después de recibir el ramillete del sonriente recadero,
salía con su vestido blanco y su chalina de ánima
en pena, y se entregaba en la iglesia a la estéril
tarea de vestir santos que desde los nichos la miraban indolentes
con sus ojos de madera y yeso.
Los tres hermanos —dos hombres y mi
madre— fueron formando aparte sus hogares, en la misma
calle sombreada de robles de la casa paterna, multiplicándose
en hijos hasta que la tía se quedó sola en
esa quinta amplia y antigua, de patio reverdecido por las
macetas de helechos, siempre envuelto en el olor ardiente
de la albahaca y la ruda. Entonces aumentó su fruición
religiosa y anduvo sin cansarse, con su vestido de seda
impoluta, dedicada a novenarios y campañas devotas.
Ya cuando vivía con sus hermanos, era objeto de críticas
por su apego al ostensible hábito de las bendiciones
y señales de la cruz a la hora de las comidas, las
oraciones con rostro de virgen dolorosa y el amor cotidiano
con abono y tijeras por las begonias y los cactus. El tío
Licinio, siempre a sus espaldas, arreciaba en el ataque:
“Hasta para orinar se persigna”. Por todo eso,
cuando supimos que recibía un manojo floral dos veces
por semana, nos hicimos a la festiva ilusión de que
por fin la solterona cambiaría su rutinaria existencia
de anhelos amarrados al cuerpo sin caricias, por las confidencias,
el placer del amor y las disputas de la vida en común.
Los hermanos y sobrinos nos presentamos en bloque y organizamos
un convite de vino, felicitaciones y abrazos excesivos que
ella soportó con un rostro de mirada escéptica.
“Esperamos que te decidas pronto”, le dijo el
tío Manuel Salvador, “tienes que aprovechar
esta oportunidad”. Ella sonrió apenas y respondió
con un “ya lo veremos” que nos enfrió
de golpe la alegría del brindis.
Tres meses después seguían
sucediéndose las remesas de crisantemos y pompones
traídos por el mismo sonriente pero hermético
mensajero, y la familia comenzó a perder la esperanza
de la boda y el vals porque la tía no se determinaba
a la escogencia. Lo único efectivo que hacía,
y ahí estaba la latencia de nuestra expectativa,
era abrir la puerta y recoger las flores que colocaba delicadamente
en un jarrón de murano, sin pronunciar la frase afirmativa
que me materializaría de cuerpo entero a uno de los
pretendientes. De modo que nadie conocía a los fieles
enamorados de la tía Sabina, por lo que el barrio
tomó el inveterado camino de las conjeturas. Por
ejemplo, se decía que quien ordenaba los crisantemos,
debía ser uno de esos jóvenes ardorosos que
se enamoran de las mujeres cuarentonas, nada más
cierto cuando el rojo era el color del fuego apasionado.
Y en el caso de los pompones, suponían los imaginativos
convecinos, que se trataba de un hombre ya experimentado
en la vida, solterón quizás. Solo así
se explicaba el color amarillo, símbolo de la madurez.
Sin embargo, era necesario esperar. De cualquier
forma, ella no había dicho que sí pero tampoco
que no, y el hecho de que tan amorosamente instalara los
manojos florales en el jarrón de la sala, dejaba
una ventana abierta por donde podía colarse la dulce
lluvia de la felicidad conyugal. Y resultaba que tanto a
los amigos del barrio como a nosotros, nos dolía
ver que aquella mujer se enfrentara tan peligrosamente a
la soledad, nos irritaba esa espera inútil que solo
ella se empecinaba en prolongar hasta una pena que percibíamos
en el rictus de sus labios silenciosos. Nos preguntábamos,
sin encontrar respuesta, por qué la tía Sabina
no se decidía de una vez por todas a dar el sí
a uno cualquiera de los interesados. A muchos los exasperaba
su figura aún rítmica a pesar del desgarbo,
metida en el vestido blanco de cuello cerrado y mangas hasta
el puño, con el rostro tocado de cierto encanto ya
próximo a la decadencia.
Un día se acabaron los crisantemos
y los pompones, no llegaron más, y meses después
la tía murió o se dejó morir.
Recuerdo que buscando el sabor a hiel de
las aguas prohibidas, le pregunté un día a
mi madre qué había sido de los novios de la
tía. Estábamos solos y ella empezó
a llorar. “Mi pobre hermana”, dijo, y entre
sollozos que sacudían su pecho, alcancé a
comprender, como si un rayo de luz barriera dolorosamente
las tinieblas en que se habían perdido mis preguntas,
que la tía Sabina, queriendo matar su soledad con
la ilusión de que alguien la cortejaba, se enviaba
ella misma los manojos de flores. |