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" Un hombre nefasto ha conducido la trama; el coronel
Paty de Clam, entonces comandante. El representa por sí
solo el asunto Dreyfus; no se le conocerá bien hasta
que una investigación leal determine claramente sus
actos y sus responsabilidades. Aparece como un espíritu
borroso, complicado, lleno de intrigas novelescas, complaciéndose
con recursos de folletín, papeles robados, cartas
anónimas, citas misteriosas en lugares desiertos,
mujeres enmascaradas. El imaginó lo de dictarle a
Dreyfus la nota sospechosa, el concibió la idea de
observarlo en una habitación revestida de espejos,
es a el a quien nos presenta el comandante Forzineti, armado
de una linterna sorda, pretendiendo hacerse conducir junto
al acusado, que dormía, para proyectar sobre su rostro
un brusco chorro de luz para sorprender su crimen en su
angustioso despertar.
(...)
Se murmuran hechos terribles, traiciones monstruosas y,
naturalmente, la Nación se inclina llena de estupor,
no halla castigo bastante severo, aplaudir la degradación
pública, gozar viendo al culpable sobre su roca de
infamia devorado por los remordimientos.
(...)
¿Luego es verdad que existen cosas indecibles, dañinas,
capaces de revolver toda Europa y que ha sido preciso para
evitar grandes desdichas enterrar en el mayor secreto? ¡No!
Detrás de tanto misterio solo se hallan las imaginaciones
románticas y dementes del comandante Paty de Clam.
Todo esto no tiene otro objeto que ocultar la más
inverosímil novela folletinesca. Para asegurarse,
basta estudiar atentamente el acta de acusación leída
ante el Consejo de guerra.
¡Ah! ¡Cuánta vaciedad! Parece mentira
que con semejante acta pudiese ser condenado un hombre.
Dudo que las gentes honradas pudiesen leerlas sin que su
alma se llene de indignación y sin que se asome a
sus labios un grito de rebeldía, imaginando la expiación
desmesurada que sufre la víctima en la Isla del Diablo.
Dreyfus conoce varias lenguas: crimen. En su casa no hallan
papeles comprometedores; crimen. Algunas veces visita su
país natal; crimen. Es laborioso, tiene ansia de
saber; crimen. Si no se turba; crimen. Todo crimen, siempre
crimen... Y las ingenuidades de redacción, ¡las
formales aserciones en el vacío! Nos habían
hablado de catorce acusaciones y no aparece más que
una: la nota sospechosa. Es más: averiguamos que
los peritos no están de acuerdo y que uno de ellos,
M. Gobert, fue atropellado militarmente porque se permitía
opinar contra lo que se deseaba. Háblase también
de veintitrés oficiales, cuyos testimonios pasarían
contra Dreyfus. Desconocemos aún sus interrogatorios,
pero lo cierto es que no todos lo acusaron, habiendo que
añadir, además, que los veintitrés
oficiales pertenecían a las oficinas del Ministerio
de la Guerra. Se las arreglan entre ellos como si fuese
un proceso de familia, fijaos bien en ello: el Estado Mayor
lo hizo, lo juzgó y acaba de juzgarlo por segunda
vez.
(…)
Es una mentira, tanto mas odiosa y cínica, cuanto
que se lanza impunemente sin que nadie pueda combatirla.
Los que la fabricaron, conmueven el espíritu francés
y se ocultan detrás de una legítima emoción;
hacen enmudecer las bocas, angustiando los corazones y pervirtiendo
las almas. No conozco en la historia un crimen cívico
de tal magnitud.
(...)
Conozco a muchas gentes que, suponiendo posible una guerra,
tiemblan de angustia, porque saben en que manos esta la
defensa nacional. En que albergue de intrigas, chismes y
dilapidaciones se ha convertido el sagrado asilo donde se
decide la suerte de la patria!. Espanta la terrible claridad
que arroja sobre aquel antro el asunto Dreyfus; el sacrificio
humano de un infeliz, de un puerco judío. Ah! se
han agitado allí la demencia y la estupidez, maquinaciones
locas, prácticas de baja policía, costumbres
inquisitoriales; el placer de algunos tiranos que pisotean
la nación, ahogando en su garganta el grito de verdad
y de justicia bajo el pretexto, falso y sacrílego,
de razón de estado. Y es un crimen mas apoyarse con
la persona inmunda, dejarse defender por todos los bribones
de París, de manera que los bribones triunfen insolentemente,
derrotando el derecho y la probidad. Es un crimen haber
acusado como perturbadores de Francia a cuantos quieren
verla generosa y noble a la cabeza de las naciones libres
y justas, mientras los canallas urden impunemente el error
que tratan de imponer al mundo entero. Es un crimen extraviar
la opinión con tareas mortíferas que la pervierten
y la conducen al delirio. Es un crimen envenenar a los pequeños
y a los humildes, exasperando las pasiones de reacción
y de intolerancia, y cubriéndose con el antisemitismo,
de cuyo mal morirá sin duda la Francia libre, si
no sabe curarse a tiempo. Es un crimen explotar el patriotismo
para trabajos de odio; y es un crimen, en fin, hacer del
sable un dios moderno, mientras toda la ciencia humana emplea
sus trabajos en una obra de verdad y de justicia. !Esa verdad,
esa justicia que nosotros buscamos apasionadamente, las
vemos ahora humilladas y desconocidas!
(...)
Tal es la verdad, señor Presidente, verdad tan espantosa,
que no dudo quede como una mancha en vuestro gobierno. Supongo
que no tengáis ningún poder en este asunto,
que seáis un prisionero de la Constitución
y de la gente que os rodea; pero tenéis un deber
de hombre en el cual meditaréis cumpliéndolo,
sin duda honradamente. No creáis que desespero del
triunfo; lo repito con una certeza que no permite la menor
vacilación; la verdad avanza y nadie podrá
contenerla. Hasta hoy no comienza el proceso, pues hasta
hoy no han quedado deslindadas las posiciones de cada uno;
a un lado los culpables, que no quieren la luz; al otro
los justicieros que daremos la vida porque la luz se haga.
Cuanto mas duramente se oprime la verdad, mas fuerza toma,
y la explosión será terrible. Veremos como
se prepara el más ruidoso de los desastres. "
No ignoro que, al formular estas acusaciones, arrojo sobre
mí los artículos 30 y 31 de la Ley de Prensa
del 29 de julio de 1881, que se refieren a los delitos de
difamación. Y voluntariamente me pongo a disposición
de los Tribunales.
En cuanto a las personas a quienes acuso, debo decir que
ni las conozco ni las he visto nunca, ni siento particularmente
por ellas rencor ni odio. Las considero como entidades,
como espíritus de maleficencia social. Y el acto
que realizo aquí, no es más que un medio revolucionario
de activar la explosión de la verdad y de la justicia. |