Editorial ::::::::::::::::::::

Por las rutas literarias de Portugal

 

“Tras los cristales empañados de sal, los chiquillos observan la ciudad cenincienta, urbe rasa sobre colinas, como si sólo estuviera construida de casas de una planta, quizá, allá, un cimborrio alto, un entablamento más esforzado, una silueta que parece ruina de castillo, salvo si todo es ilusión, quimera, espejismo creado por la movediza cortina de las aguas que descienden del cielo cerrado. Los niños extranjeros, a quienes más ampliamente dotó la naturaleza de la virtud de la curiosidad, quieren saber el nombre del lugar, y los padres se lo dicen, o declinan en las amas, las nurses, las bonnes, las frauleins, o un marinero que acudía a la maniobra, Lisboa, Lisbon, Lisboone, Lissabon, cuatro diferentes maneras de anunciar, dejando aparte las intermedias e imprecisas, quedaron así los chiquillos sabiendo lo que antes ignoraban, y eso fue lo que ya sabían, nada, sólo un nombre …” [en “El año de la muerte de Ricardo Reis” de José Saramago]

Sólo un nombre, sólo un recuerdo lejano de tiempos de tráfico de esclavos desde el África y una colonia en América que se independizó en 1822. Nada.

Nada más injusto que el olvido de la historia.

Nuestros fieles lectores saben de la tendencia de nuestras publicaciones de retomar las banderas de los olvidados y los excluidos. No hay cosa que reconforte más el alma que acercarle a otro una chispa, una llama, una inquietud por saber, una nueva perspectiva o un desafío.

Portugal es una incognita entre muchas, y hoy pretendemos encender vuestra curiosidad por conocer parte de su cultura literaria. Lusitania (tal era su nombre antiguo) fue, y es, cuna de grandes escritores como Eça de Queiroz, Luis de Camoes, Miguel Torga, Fernando Pessoa, José Cardoso Pires, María Isabel Barreno, José Saramago, María Teresa Horta, María Velho da Costa, Joao de Melo, sólo por citar alguno.

Lamentablemente no tenemos espacio para todos (o tiempo de escribir, al menos), por lo que en la presente edición vamos a incursionar en los textos de dos de ellos, aclarando que la elección arbitraria se debió –exclusivamente- al gusto pesonal de esta Dirección.

En primer término nos referiremos al que, probablemente, sea la figura cumbre de las letras lusas. Nació en Lisboa allá por el 1888 como Fernando Antônio Nogueira Pessoa. Genio literario, trabajó como pasante de libros en un estudio, con una existencia sombría para el observador.

Convengamos que Fernado Pessoa tenía una personalidad complicada que procuraba comprender o exorcizar a través de la creación de personajes ficticios, estos personajes (llamados heterónimos) eran algo así como representantes o personalizaciones de aspectos de su propio ser. Les dio nombre y apellido, una historia personal y una manera peculiar de escribir. Es como si hubiera hecho carne aquello de Rimbaut: “Cada Yo es otro”

Algunos dicen que fue un loco, otros, que fue un genio que supo simbolizar en palabras las diversas naturalezas humanas. Ocultista y astrólogo, Fernado Pessoa dio nacimiento a varios heterónimos, tres fueron los más representativos: Alberto Caeiro, Alvaro de Campos y Ricardo Reis -además de su Ortónimo (Fernando Pessoa)-.

Él mismo escribía al respecto –en carta a Adolpho: "Y con todo - lo pienso con tristeza - puse en Caeiro todo mi poder de despersonalización dramático, puse en Ricardo Reis toda mi disciplina intelectual revestida de la música que le está propia, y puse en Alvaro de Campos toda la emoción que no concedo ni a la vida, ni a mí mismo (...)"

Niño, tendía ya crear en torno mí un mundo ficticio, rodearme con amigos y con conocimientos que no habían existido nunca - yo no se por supuesto si no existieron o si soy yo quien no existe-.

Un día... - fue el 8 de marzo de 1914- me acerqué a una alta cómoda, y tomando un papel comencé a escribir, de pie, como lo hago cada vez que puedo. Y escribí una buena treintena de poemas cuya naturaleza no podría definir. Fue un día triunfal en mi vida. Comencé por un título- el pastor- y lo que siguió fue la aparición en mi de algún uno que inmediatamente llamé a Alberto Caeiro. Perdonan-moi esta absurdidad: en mi había aparecido mi amo. " [Extractos de la carta a Adolpho archivaban a Montero, el 13 de enero de 1935. (La traducción íntegra, por Rémy Hourcade, de la carta se encuentra en sobre los hétéronymes, ediciones unas, 1985.) ]

Su obra más destacada "El Libro del Desasosiego” narra, con una extraordinaria prosa poética, la vida cotidiana y el pensamiento de una de sus personalidades literarias (Bernardo Soares).

“Feliz de quien de la vida no exige más que lo que ella espontaneamente le brinda, guiándose por el instinto de los gatos, que buscan el sol cuando hay sol y, cuando no hay sol, el calor donde quiera que esté (…) Feliz, por fin, aquel que abdica de todo, y a quien, puesto que abdicó de todo, nada le puede ser arrebatado o disminuido. (232. Libro del desasosiego) Los sentimientos que más duelen, las emociones que más acucian, son los que resultan absurdos- el ansia de cosas imposibles, precisamente porque son imposibles, la nostalgia de lo que nunca hubo, el deseo de lo que podría haber sido, la pena de no ser otro, la insatisfacción de la existencia del mundo. (196. Libro del desasosiego)

A su muerte dejó un cofre con miles de escritos que presentaron una verdadera ironía: sólo despues de no estar, estuvo. Su obra puede ser analizada bajo la luz de la astrología simbólica, desde el intelecto o desde la emoción, sea cual sea el sendero que escojamos es, siempre, una incursión maravillosa.

Otro de los grandes literatos portugueses es, sin lugar a dudas el premio Nobel de literatura José Saramago, que es además historiador, politólogo y defensor de los derechos humanos. Su obra literaria está cargada de un fuerte compromiso social y es un gran entendedor de las profundidades de las naturalezas humanas. En libros como “Ensayo sobre la ceguera”, “Todos los nombres”, nos habla de la imporancia de adquirir una identidad, de Ser… y con esto significa, ser solidario, ser responsable, ser humano. En tiempos como los que estamos viviendo –de intolerancia ideológica y sindrome de omnipotencia- sería enriquecedor releer estos textos; para nuestro beneficio y para el de los que nos rodean.

“Ud. es escritor, tiene, como dijo hace poco, obligación de conocer las palabras, sabe que los adjetivos no sirven para nada, si una persona mata a otra, por ejemplo, sería mejor enunciarlo así y confiar que el horror del acto, por sí solo, fuese tan impactante que nos liberase de decir que fue horrible, Quiere decir que tenemos palabras de más, Quiero decir que tenemos sentimientos de menos, O los tenemos, pero dejamos de usar las palabras que los expresan, y en consecuencia los perdemos…” [en Ensayo sobre la Ceguera, de José Saramago]. “Daños colaterales” es una forma esquiva de decir “muertes injustificadas”, “desnutrición infantil”, es una manera de explicar la desidia de los que obstentan el poder. No nos engañemos con sustitutos de conciencia o inventemos manera de huir de nuestras responsabilidades. Estemos alerta al juego que juegan los que tienen los hilos de las marionetas mediáticas.

Saramago maneja la metáfora de una manera asombrosa “el mundo está lleno de ciegos vivos, Creo que vamos a morir todos, es cuestión de tiempo, Morir siempre es una cuestión de tiempo, dijo el médico, Pero morir sólo porque se está ciego debe ser la peor manera de morir, Morimos de enfermedades, de accidentes, de casualidades, Y ahora moriremos también porque estamos ciegos, quiero decir que moriremos de ceguera y de cáncer, de ceguera y tuberculosis, de ceguera y sida, de ceguera e infarto, las enfermedades podrán ser diferentes de persona a persona, pero lo que verdaderamente nos está matando ahora es la ceguera, No somos inmortales, no podemos escapar a la muerte, pero al menos deberíamos no ser ciegos” [en Ensayo sobre la Ceguera, de José Saramago]. La muerte física y la muerte moral son bien distintas, y pueden producirse en momentos diferentes. Sólo basta con pescar la peste de la indiferencia –que es muy cotagiosa si uno trae desarrollado el gen del egocentrismo- para que todo se desmorone. Las imágenes de la realidad se evaporan para siempre y uno se queda ciego, viviendo en la ilusión y en las fantasías que uno mismo genera con la mente. La única cura frente a esta enfermedad generalizada es el compromiso humano. Este compromiso implica buenas dosis de amor, solidaridad, empatía y acción. El mundo lo cambiamos todos, para bien o para mal, así que no nos hagamos los distraidos: la elección siempre está en nuestras manos.