Buscando un nombre

[El rol de la palabra y el compromiso
del pensamiento en el destino de un pueblo]

 

Desde el origen de los tiempos en los que la cultura se hizo presente, darle un nombre a algo significó poseerlo, tener un dominio sobre él. El nombre sintetiza la identidad, la personalidad, la idiosincrasia de un sujeto o una nación. El nombre es la imagen verbal de un destino, predeterminado para algunos, libre para otros.

En nuestras tierras, golpeadas por el hambre, la injusticia, pero en las que aún se respira esperanza, la controversia comienza, justamente, con el tema del nombre. La identidad latinoamericana es algo que desvela a los intelectuales de todas las fracciones; se han escrito infinidad de tratados y ensayos acerca de las perspectivas históricas, lingüísticas, sociales, políticas y económicas de esta región del planeta, como si escribiendo uno lograra exorcizar sus demonios. Así encontramos varias denominaciones, como por ejemplo: Hispanoamérica, el conjunto de países colonizados por España; o Iberoamérica, apelativo que representa tanto a la América de colonización española como al Brasil, colonizado por Portugal.

El territorio que va desde México hasta Chile y Argentina, incluyendo al Caribe lleva por nombre -impuesto por uso- América Latina. Dicho nombre ignora –y con ello excluye- a las poblaciones indígenas y mestizas, a las negras y a su descendencia, como así también a la inmigración centroeuropea.

No en vano el nombre da identidad, quita u otorga reconocimiento-existencia. Con sólo una mirada a nuestra realidad, comprenderemos el significado de estas palabras. Como percibirán, el tema del nombre va ligado a una concepción axiológica previa, elegimos un nombre porque nos dice cosas, porque representa algunos escenarios y oculta otros.

Fue un tal Víctor Haya de la Torre el que dio a la región de la que estamos hablando el nombre de “Indoamérica”. Acertada observación, en especial para países de predominante presencia indígena como lo son Ecuador, Bolivia y Perú. Indoamérica toma en cuenta factores más autóctonos.

Y ya que estamos hablando de la presencia indígena, en varias oportunidades me he preguntado por qué una cultura de la relevancia de la Inca, se desvanece tan solícitamente frente al fuego de la “civilización”. Por qué los adelantos sociales, los hallazgos científico-matemáticos, la comprensión ecológica del mundo, la legislación y la escritura codificada, se pierden en las catacumbas de la historia oficial en cuanto entra en rigor la hispanidad. Los que ostentaron y ostentan el poder se comportan como si su pueblo solo tuviera 500 años, como si su realidad hubiera comenzado con la conquista y colonización, como si les diera vergüenza su pasado indígena. Se comportan como unos desmalezados, desoyendo los latidos de su tierra, escapando de la savia de su historia. Y así se sienten nuestros pueblos, como brizna atada a los caprichos del viento.

Dijimos hace un rato que un nombre es el que nos da identidad como sujetos o como nación. Quien nos nombra nos posee; a veces porque nos ama, a veces porque nos odia y otras porque necesita sentir que ejerce algún tipo de poder. ¿Qué clase de poder aplican los que nos desnombran? ¿Qué autonomía podemos exigir cuando nos re-nombramos con el nombre de otros que no somos nosotros? ¿Qué proyecto puede existir en una región que aún lucha por conservar o reflotar un apelativo? Un nombre de verdades e idiosincrasias propias, un nombre con avidez de identidad. Eso es lo que buscamos.

Como en el poema de José María Torres Caicedo, el de “Las dos Américas”, nos encontramos bifurcados. Y si bien aquellos versos no ha perdido vigencia, son otras las divisiones, y otras las geografías. Hay una América que amenaza con extinguir lo auténtico en beneficio de una cultura global e híbrida, y hay otra América que brega por rescatar de sus raíces la sabia más esencial de su pensamiento. Están los que reniegan e imponen; junto a los que atesoran y resisten. Están los dos; y los dos están en América.

 

El escritor y sus fantasmas

El escritor enuncia, denuncia, describe... pero fundamentalmente, nombra. Nombra los elementos de la realidad, sean estos producto de un entorno traspasado de fantasía o anegado de cotidianeidad.

El escritor transcribe, registra, imagina, evoca, crea y recrea los mundos en los que se mueve. El impulso de escribir surge casi como un acto reflejo, tal como lo es el instinto de la respiración para la especie humana.

Incontables veces me he preguntado de dónde surge ese anhelo interno que nos lleva a transmitir pensamientos. Por qué uno necesita expresarse, dejar una impronta en el papel o el éter... ¿será por esa necesidad de permanencia? No lo se, quizás sea el reflejo del impulso de eternidad, velado por la materialidad. Quizás sea otra cosa.

Lo cierto es que escribir, al menos en una primera instancia, es un acto completamente egoísta. Uno escribe para uno; para organizar sus pensamientos, para comprender sus emociones; uno escribe porque escribiendo se siente incorpóreo. Comienza a percibir que la carga de la existencia se aliviana, como si ganara por un instante la plenitud.

Después que uno se encuentra a sí mismo a través del verbo, evoluciona inexorablemente hacia el siguiente estadío, y esto es, escribir para otros. Uno comienza a sentir la necesidad de expresarse en sociedad, de divulgar sus ideas, sus pareceres.

Cuando se ha completado la experiencia en este plano, surge la ambición de ascender en esa espiral evolutiva que es la vida, y es entonces cuando tratamos de interpretar el sentir y el parecer del otro.

Creo que cuando un escritor consigue plasmar en sus escritos el pensamiento subterráneo de una cultura, obtiene la mayor satisfacción a la que puede aspirar un humano. Y cuando hablo de plasmar el pensamiento de una cultura, no me refiero a los intelectuales que se convierten en mercaderes del poder, ofertándose al mejor postor, sino a aquellos que sin importar las consecuencias se transforman en voceros de los sin voz, en gesto de aquellos rostros anónimos que sufren, sueñan, esperan.

He aquí el compromiso moral del escritor. Compromiso moral que, por otra parte, está más cercano al espíritu kantiano que al cristiano. No se accede a dicho compromiso por piedad, sino por un imperativo categórico. Una buena voluntad genera la conciencia adecuada para accionar conforme al deber. Esta es la misión ultérrima del escritor.

Es verdad que algunos se quedan en el camino entre la proyección egocéntrica y el compromiso social pero, como todo en la vida, lo importante es la intención que motiva, el anhelo que moviliza, la desesperación que obliga a la acción, ya que los resultados son arbitrarios y no siempre dependen exclusivamente de nosotros.

 

Perú en su pensamiento

En la presente edición optamos por tres escritores peruanos: César Vallejo y Ciro Alegría; a quienes los une la literatura, la necesidad de plasmar las realidades humanas y el hecho de haber sido maestro y alumno, respectivamente. Y la cantautora María Isabel Granda Larco, conocida cariñosamente con el apodo de Chabuca.

La idea que motiva a “Maneras de Bien Soñar” es entreabrir la puerta de la literatura a las diversas idiosincrasias regionales. Somos concientes que al elegir algunos escritores resignamos a otros; la literatura peruana posee baluartes tales como el Inca Gracilaso de la Vega y su “Comentarios reales” en el que muestra la cultura Inca a la luz de la cultura occidental; Felipe Guamán Poma de Ayala con su “Nueva crónica y buen gobierno”, es un verdadero texto-dibujo-objeto, una temprana imagen visual de la palabra (estamos hablando de un manuscrito anterior a 1785); Ricardo Palma y sus “Tradiciones peruanas” que marca el camino de la literatura costumbrista; Mariátegui con sus “Siete ensayos de interpretación de la realidad peruana” inscripta dentro de la corriente intelectual; o los contemporáneos Alfredo Bryce Echenique y Mario Vargas Llosa, entre otros. Pero elegimos sólo tres.

 

Los elegidos

César Vallejo fue uno de esos poetas comprometidos con el devenir histórico. Nació el 16 de Marzo de 1892, bajo la presidencia de Remigio Morales Bermúdez.

Estudió en la Universidad de Trujillo en donde recibió el estímulo de la “bohemia” local, formada por periodistas, escritores y políticos rebeldes. Allí publicó también sus primeros poemas. Viaja a Lima a fines de 1917 y es en esta ciudad donde aparece su primer libro: “Los heraldos negros”, uno de los más representativos ejemplos del postmodernismo. Hacia 1920, mientras visitaba su ciudad natal, se ve envuelto en una serie de disturbios que lo llevan a la cárcel. Esos tres meses de reclusión tendrán una influencia crítica en su obra y en su vida; sus experiencias se reflejan en los poemas de su siguiente libro: “Trilce” (1922). Esta obra es considerada como un hito fundamental en la renovación del lenguaje poético hispanoamericano. En ella vemos a Vallejos apartándose de los modelos tradicionales, incorporando algunas novedades de la vanguardia y realizando una angustiosa inmersión en los abismos de la condición humana.

A fines de 1923, el "cholo" viaja a Francia, donde lleva la difícil existencia del intelectual con los bolsillos vacíos. Para poder sobrevivir se dedica al periodismo descuidando su producción poética.

Participa con amigos como Huidobro, Gerardo Diego, Juan Larrea y Juan Gris en actividades de sesgo vanguardista, pero pronto abjura de su Trilce y -hacia 1927- aparece comprometido con el marxismo a través de su activismo intelectual y político.

Toda la obra poética escrita en París, que Vallejo publicó parcamente en diversas revistas, se concentrarían en su libro postumo “Poemas humanos” (1939). En esta producción es visible su esfuerzo por superar el vacío y el nihilismo de Trilce y por incorporar elementos históricos y de la realidad concreta (peruana, europea, universal) con los que pretende manifestar una apasionada fe en la lucha de los hombres por la justicia y la solidaridad social.

Ciro Alegría es uno de los mayores representantes de la novela realista de protesta social en Latinoamérica, es el portavoz de la expresión más madura de la narrativa regionalista e indigenista nacional del siglo XX. Nació en Huamachuco, pueblo andino del norte del Perú el 4 de noviembre de 1908. Cuentan que a los nueve años atravesó los Andes a caballo hasta Trujillo, estudiando en el colegio San Juan con César Vallejo. “Aún recuerdo la sensación que me produjo su mano fría, grande y nudosa, apretando mi pequeña mano tímida y huidiza debido al azoro (...) Nunca había visto un hombre que pareciera más triste. Su dolor era a la vez una secreta y ostensible condición que terminó por contagiárseme” comentó en sus Memorias.

A temprana edad se comprometió en la lucha de los movimientos políticos promovidos por el aprismo de Haya de la Torre, actuando en defensa de los indígenas de su país y las clases sociales menos favorecidas. Apresado varias veces por sus ideas, finalmente es deportado a Chile en 1934.

Ciro Alegría se reveló como novelista en el destierro, siendo para algunos estudiosos el que le dio forma definitiva a la novela peruana.

En su libro más elogiado, “El mundo es ancho y ajeno”, describe las luchas de una arquetípica comunidad indígena contra los tres poderes que quieren destruirla: la oligarquía terrateniente, el Ejército y el Gobierno al servicio de los intereses estadounidenses. El uso de las técnicas narrativas modernas y el aliento heroico de la composición, le permiten presentar un relato río que arrastra materiales heterogéneos para crear un mosaico tan variado y dramático como la vida misma.

María Isabel Granda Larco nació en septiembre de 1920, en una zona de minas de cobre ubicada en el departamento peruano de Apurímac. Comienza a cantar a los 12 años, pero su despliegue como cantautora se inicia recién después de su divorcio.

El primer período es evocativo y pintoresco: “Chabuca” le canta a la Lima antigua señorial de fines del 1800, de grandes casonas francesas con inmensos portales y jardines de invierno. A esta etapa pertenecen “Lima de Veras”, “La flor de la Canela”, “Fina Estampa”, “Gracia”, “José Antonio”, entre otras. Granda rompe la estructura rítmica del vals, y sus melodías alternarán el nuevo lenguaje que propuso con el de los antiguos valses de salón. Su producción revela así mismo una estrecha relación entre la letra y la melodía, que va variando con una marcada tendencia hacia la poesía sintética.

Más adelante, Chabuca quebrantará incluso las estructuras de la poesía convencional, y el ritmo de las canciones seguirá los pasos de esa evasión de las rimas y las métricas. A esta última etapa pertenece un ciclo de canciones dedicadas a la chilena Violeta Parra y a Javier Heraud (poeta peruano muerto en la revolución de Velasco Alvarado).

En sus últimos años, Chabuca Granda interpreta un repertorio ligado al renacimiento de la música negra afro-peruana que, a pesar de haber estado presente a nivel popular, había sido denostado por razones sociales y raciales. Manejó con maestría “negra” el abanico de ritmos que enriquecieron la música popular peruana. Su poesía tomó la plasticidad de la acuarela, con un trazo sintético, sugerente en colores y sensaciones